Cuando el análisis contradice lo que se esperaba escuchar

La independencia del analista y la responsabilidad de quien decide

¿Estamos dispuestos a escuchar una advertencia antes de que los hechos nos obliguen a hacerlo?

Hay conclusiones que llegan a la mesa de decisión y coinciden con lo que allí ya se pensaba. Otras obligan a revisar una decisión encaminada, una hipótesis que parecía firme o una expectativa sostenida durante demasiado tiempo.

Estas últimas suelen ser las más difíciles de comunicar. Y, en ocasiones, las más necesarias.

El trabajo del analista no consiste en confirmar lo que su destinatario desea escuchar. Consiste en examinar la información disponible, distinguir los hechos de las hipótesis y expresar una apreciación fundada, incluso cuando contradice la idea que dio origen a la consulta.

Eso exige independencia intelectual. También exige precisión. Una advertencia vaga puede perderse entre otras preocupaciones; una afirmación categórica que la evidencia no sostiene puede llevar a una decisión equivocada. El analista debe explicar qué observa, por qué considera relevante esa información, con qué grado de confianza sostiene su conclusión y qué aspectos permanecen sin resolver.

Hay, además, una cuestión de tiempo. Una discrepancia comunicada cuando todavía es posible revisar un curso de acción tiene un valor distinto de la que se expresa después de que la decisión produjo sus efectos. Advertir a tiempo forma parte de la responsabilidad profesional, aunque hacerlo resulte incómodo.

Pero comunicar una conclusión incómoda no significa dramatizarla. El analista no necesita elevar la voz para darle importancia a un riesgo. Necesita mostrar el razonamiento que lo llevó hasta allí y señalar qué podría ocurrir si la hipótesis inicial fuera incorrecta. Si existen interpretaciones alternativas, también debe presentarlas y explicar por qué considera más sólida una que otra.

La responsabilidad tampoco termina cuando el análisis se entrega.

Quien decide puede disponer de información adicional, afrontar restricciones y considerar consecuencias que no forman parte del alcance del análisis. Puede incluso optar por un curso de acción diferente del sugerido. Esa posibilidad es legítima: analizar y decidir son responsabilidades distintas. Lo indispensable es que la conclusión profesional haya sido formulada con claridad y considerada antes de elegir.

A veces, el problema no es que falte información. Es que una conclusión contradice una convicción en la que ya se invirtieron tiempo, recursos o prestigio. En ese punto, la tentación de buscar únicamente argumentos que la confirmen puede ser tan fuerte como la de suavizar una advertencia para evitar conflictos.

Ambas conductas empobrecen la decisión.

Un análisis que contradice una expectativa no es, por ese solo motivo, un obstáculo. Puede permitir detectar un supuesto equivocado, reconsiderar un riesgo o identificar una alternativa que todavía estaba fuera de la discusión. Incluso si la decisión final no cambia, obliga a reconocer qué se sabe, qué se supone y qué consecuencias se está dispuesto a asumir.

La relación entre análisis y decisión necesita confianza, pero no complacencia. El analista debe poder decir con honestidad lo que la evidencia permite sostener. Quien decide debe poder escuchar esa conclusión sin exigir certezas inexistentes ni coincidencias garantizadas.

Una advertencia profesional puede ser aceptada o desestimada. Lo que no debería perderse es la oportunidad de examinarla antes de que los hechos decidan por nosotros.

Jorge Alberto Rodríguez
El Facilitador