Confiable, pertinente y oportuno: tres condiciones que parecen sencillas, pero que muchas veces determinan la diferencia entre disponer de información y convertirla en un producto de inteligencia útil para la decisión.
Vivimos rodeados de información.
Probablemente nunca haya sido tan sencillo acceder a datos, documentos, imágenes, registros, publicaciones y opiniones sobre prácticamente cualquier tema. En pocos minutos podemos reunir una cantidad de información que años atrás hubiera requerido días de trabajo.
Pero tener más información no significa necesariamente tener mejor inteligencia.
A veces ocurre exactamente lo contrario.
Cuando el volumen crece, también aumenta la dificultad para distinguir qué importa, qué puede sostenerse, qué responde realmente a nuestra necesidad y qué merece llegar hasta quien tiene la responsabilidad de decidir.
Ahí comienza una parte del trabajo que no siempre resulta visible.
Un producto de inteligencia no adquiere valor solamente porque contenga información verdadera. Necesita responder a una necesidad concreta y llegar cuando todavía existe alguna posibilidad de utilizarlo.
Dicho de otra manera: debe ser confiable, pertinente y oportuno.
Confiable no significa infalible
La confiabilidad parece la condición más evidente. Si aquello sobre lo que construimos una apreciación no posee suficiente sustento, todo lo que venga después puede quedar comprometido.
Sin embargo, existe una diferencia que conviene recordar: una cosa es evaluar la confiabilidad de una fuente y otra, aunque estén relacionadas, determinar cuánto podemos sostener de la información que esa fuente proporciona.
Una fuente que durante años resultó confiable puede equivocarse. Puede haber recibido información incompleta, interpretado incorrectamente un hecho o simplemente no tener acceso suficiente en una situación determinada.
Del mismo modo, una información proveniente de una fuente todavía poco conocida no debería descartarse automáticamente. Tal vez requiera mayor cautela, corroboración y contraste antes de incorporarla a una apreciación.
Ahí aparece el trabajo del analista.
Contrastar, contextualizar, buscar consistencias y contradicciones, establecer qué puede sostenerse y evitar algo particularmente peligroso: convertir un indicio en certeza solamente porque coincide con aquello que esperábamos encontrar.
Quienes hemos trabajado durante años con información sabemos además que pocas veces todas las piezas aparecen juntas y perfectamente ordenadas.
Hay vacíos.
Hay contradicciones.
Hay datos que todavía no podemos confirmar.
Y muchas veces hay que trabajar precisamente con eso.
El trabajo profesional no consiste en esconder la incertidumbre para que el producto parezca más sólido. Consiste en reconocerla, evaluarla y expresarla correctamente.
Decir qué sabemos es importante.
Decir qué todavía no sabemos también lo es.
Pertinente: no todo lo que sabemos necesita estar
La segunda condición es la pertinencia.
Y posiblemente sea una de las que más importancia adquiere en un escenario caracterizado por la abundancia de información.
Podemos reunir cientos de datos ciertos sobre una persona, una organización, un conflicto o una determinada situación y, aun así, estar muy lejos de responder aquello que realmente necesitábamos conocer.
Porque no todo lo verdadero es necesariamente relevante para la necesidad de inteligencia.
Y no todo lo interesante es importante.
Esa diferencia parece sencilla hasta que hay que aplicarla.
La facilidad actual para obtener información puede generar una tentación: incorporar al producto todo aquello que encontramos. Cuanto más investigamos, más información acumulamos y más difícil puede resultar dejar algo afuera.
Pero un informe no mejora necesariamente porque tenga más páginas.
Muchas veces mejora cuando alguien tuvo el criterio suficiente para decidir cuáles no eran necesarias.
El analista no trabaja para demostrar cuánto pudo encontrar. Trabaja para ayudar a comprender un problema.
Y para hacerlo necesita volver permanentemente a una pregunta básica:
¿Qué necesitamos saber?
Si esa necesidad no está suficientemente clara desde el comienzo, podemos desarrollar una investigación impecable y terminar respondiendo con enorme precisión una pregunta que nadie necesitaba hacer.
La pertinencia, por lo tanto, no comienza al redactar el producto.
Comienza mucho antes.
Está relacionada con la necesidad de inteligencia, con la orientación del esfuerzo de obtención y con la capacidad de mantener el trabajo enfocado aun cuando aparezcan datos atractivos que pueden llevarnos hacia otros caminos.
En tiempos de sobreabundancia informativa, seleccionar también es producir inteligencia.
Oportuno no significa simplemente rápido
Finalmente aparece la oportunidad.
Una información puede ser confiable. Puede responder exactamente a lo que necesitábamos conocer. Puede haber sido correctamente evaluada y analizada.
Y aun así perder buena parte de su utilidad si llega demasiado tarde.
Pero oportunidad tampoco significa velocidad por sí misma.
Entregar primero no necesariamente significa entregar mejor.
Informar antes de contar con elementos suficientes puede conducir a una apreciación equivocada. Pero esperar hasta alcanzar una certeza absoluta puede provocar que, cuando finalmente entreguemos nuestro análisis, la decisión ya haya sido tomada o los acontecimientos hayan cambiado.
Entre esos dos extremos existe una de las responsabilidades más difíciles del analista:
determinar cuándo sabemos lo suficiente para informar.
No existe una fórmula matemática para resolverlo.
La experiencia ayuda. El método también.
La calidad de las fuentes, el conocimiento acumulado sobre el problema, la posibilidad de corroboración, el tiempo disponible y las consecuencias posibles de la decisión forman parte de esa evaluación.
En determinadas circunstancias será necesario seguir buscando.
En otras, corresponderá advertir que existe un indicador relevante aun cuando todavía no tengamos todas las respuestas.
Y entonces será fundamental diferenciar con claridad qué sabemos, qué estamos evaluando, qué todavía desconocemos y cuánto podemos confiar en nuestra apreciación.
Porque hay algo que a veces olvidamos:
en inteligencia, esperar también es una decisión.
Y a veces tiene consecuencias.
El producto no termina en el escritorio del analista
Existe además otro aspecto que atraviesa a los tres anteriores.
La inteligencia tiene un destinatario.
Podemos elaborar un producto confiable, pertinente y oportuno, pero si aquello que realmente importa queda perdido entre decenas de páginas, si el nivel que debe conocerlo no lo recibe a tiempo o si no logramos comunicar con claridad cuál es el significado de nuestra apreciación, una parte importante del trabajo puede perderse.
Esto tampoco significa simplificar problemas complejos hasta deformarlos.
Significa comprender que producir inteligencia también implica comunicarla de manera que pueda ser utilizada.
El decisor no necesita recorrer nuevamente todo el camino que hizo el analista.
Necesita conocer qué está ocurriendo, qué significa, qué podemos sostener, dónde están las incertidumbres y cuáles son aquellos elementos que pueden modificar su comprensión de la situación.
Por eso, muchas veces, una de las decisiones más difíciles durante la elaboración de un producto no consiste en determinar qué agregar.
Consiste en decidir qué dejar afuera.
No porque aquello sea falso.
Sino porque no modifica la respuesta que estamos intentando construir.
¿Cuándo está listo?
Tal vez esa sea finalmente la pregunta más difícil.
¿Cuándo dejamos de buscar?
¿Cuándo dejamos de contrastar?
¿Cuándo consideramos que tenemos elementos suficientes para producir y comunicar nuestra apreciación?
La respuesta difícilmente sea “cuando sabemos todo”.
En inteligencia casi nunca sabemos todo.
Quizás un producto esté listo cuando aquello que podemos sostener posee suficiente confiabilidad, responde a la necesidad que originó el trabajo y llega cuando todavía existe margen para utilizar ese conocimiento.
Por eso, la pregunta no debería ser solamente cuánto sabemos sobre determinado problema.
Debería ser algo bastante más exigente:
¿Sabemos lo necesario, sobre aquello que realmente importa, cuando todavía estamos a tiempo de hacer algo con ese conocimiento?
Ahí comienza a verse con claridad la distancia que existe entre disponer de información y producir inteligencia útil.
El valor de un producto no debería medirse por la cantidad de páginas que contiene ni por el volumen de información que fue posible reunir.
Su verdadero valor aparece cuando permite comprender mejor una situación, reducir incertidumbre y ofrecer al decisor mejores elementos para actuar.
Para lograrlo hay tres condiciones que difícilmente puedan separarse:
que aquello que afirmamos pueda sostenerse, que responda a lo que realmente necesitamos conocer y que llegue cuando todavía resulte útil.
Confiable.
Pertinente.
Oportuno.
Tres palabras sencillas.
Aplicarlas correctamente no lo es.
Y quizás allí se encuentre una buena parte del verdadero oficio del analista.
¿Cuántas veces llegamos a conocer la respuesta correcta cuando la pregunta ya dejó de importar?
— Jorge Alberto Rodríguez —