Anticipar no es adivinar

Una de las expectativas más difíciles de administrar en inteligencia aparece cuando alguien pregunta:

¿Qué va a pasar?

La pregunta parece sencilla. Pero probablemente sea una de las más complejas que puede recibir un analista.

La inteligencia no trabaja con certezas sobre el futuro. Trabaja con información incompleta, actores que pueden modificar sus decisiones, escenarios que evolucionan y variables que muchas veces todavía desconocemos.

Por eso, anticipar no significa adivinar qué ocurrirá.

Significa comprender qué podría ocurrir y contribuir a que quien debe decidir esté mejor preparado antes de que los acontecimientos lo obliguen a reaccionar.

El problema de querer una certeza

Existe una tentación comprensible: transformar una apreciación en una afirmación.

Va a ocurrir esto.

Puede resultar más tranquilizador para quien recibe el análisis. Incluso puede transmitir una aparente seguridad.

Pero el futuro no se vuelve más previsible porque eliminemos las dudas de un informe.

Una buena anticipación debería permitir identificar escenarios plausibles, capacidades de los actores, condicionantes, posibles cursos de acción e indicadores que permitan advertir hacia dónde comienza a desplazarse una situación.

También puede ocurrir algo paradójico: un analista puede “acertar” lo que finalmente sucedió y, sin embargo, haber llegado a esa conclusión por intuición, sesgo o casualidad.

Acertar no siempre significa haber anticipado correctamente.

La incertidumbre también informa

Hacer visible la incertidumbre no debilita el análisis. Lo hace intelectualmente más honesto y, sobre todo, más útil.

Expresar con precisión qué sabemos, qué estimamos y qué todavía desconocemos permite identificar dónde se encuentran las verdaderas brechas de información.

Pero existe otra consecuencia particularmente valiosa.

Cuando una incertidumbre queda claramente planteada, alguien en el recorrido del informe —o el propio decisor— puede reconocer que posee una información que hasta ese momento consideraba secundaria.

Una conversación, un antecedente, un dato institucional, político u operativo aparentemente menor puede convertirse entonces en la pieza que faltaba para confirmar, modificar o descartar una hipótesis.

Por eso, señalar aquello que desconocemos no significa simplemente reconocer una limitación.

También puede ayudarnos a encontrar aquello que necesitamos conocer.

No todo puede saberse

Desde afuera, reconocer una incertidumbre puede provocar una pregunta inmediata:

¿Cómo que no sabemos? ¿No podemos averiguarlo?

No siempre.

Existen culturas, costumbres, compartimentaciones, medidas de engaño o evasión, características personales, decisiones todavía no adoptadas y múltiples circunstancias capaces de impedir que un medio de reunión obtenga determinada información.

Incluso disponiendo de abundante información, el analista puede no contar todavía con elementos suficientes para sostener responsablemente una conclusión.

Por eso existe una diferencia importante entre una brecha de información susceptible de ser cubierta y una incertidumbre que, en determinado momento, quizá no sea posible resolver.

Frente a ella, el análisis no termina.

Cambia la pregunta.

Si no podemos determinar con certeza qué hará un actor, todavía podemos analizar qué alternativas posee, cuáles resultan plausibles, qué capacidades tiene para ejecutarlas, qué condicionantes enfrenta y qué señales deberían comenzar a aparecer si se orienta hacia alguna de ellas.

Anticipar también es descartar

Reducir la incertidumbre no siempre significa descubrir qué va a ocurrir.

En determinadas circunstancias, el análisis puede realizar otro aporte de gran valor: establecer qué escenarios pueden ser razonablemente descartados.

Si frente a una situación existen varias evoluciones posibles y la información permite disminuir significativamente la plausibilidad de algunas de ellas, el espacio de incertidumbre comienza a reducirse.

Eso también modifica una decisión.

Permite concentrar atención, recursos y capacidades sobre aquellas alternativas que continúan siendo plausibles.

Porque anticipar no consiste solamente en ampliar el campo de posibilidades.

También consiste en reducirlo cuando la información permite hacerlo.

Reducir la sorpresa

Anticipar no consiste en prometerle al decisor un futuro que nadie puede conocer con absoluta certeza.

Consiste en ofrecerle una comprensión suficientemente profunda del presente para reconocer posibles evoluciones antes de que se transformen en hechos consumados.

La inteligencia puede no determinar cuál de varios escenarios terminará materializándose y, aun así, producir conocimiento de enorme utilidad.

Puede advertir.

Puede identificar indicadores.

Puede descartar posibilidades.

Puede mostrar vulnerabilidades.

Puede establecer qué aspectos todavía permanecen inciertos y dónde debería concentrarse la atención.

Por eso, el verdadero valor de la anticipación no está en acertar el futuro.

Está en reducir la sorpresa.

Observar antes.
Comprender antes.
Advertir antes.

Para que, cuando llegue el momento de decidir, la realidad no encuentre al decisor completamente desprevenido.

Porque anticipar no significa conocer el futuro.

Significa llegar a él un poco mejor preparados.

Jorge Alberto Rodríguez
El Facilitador