La anticipación es una de las capacidades más valiosas de la inteligencia. El problema comienza cuando una hipótesis deja de ser examinada porque estamos convencidos de que ya encontramos la respuesta.
Primera apreciación parece explicar satisfactoriamente lo que estamos observando. Encontramos algunos indicadores compatibles, reconocemos comportamientos anteriores y comenzamos a construir una interpretación.
Hasta ahí, nada necesariamente incorrecto.
Pero puede ocurrir que, a partir de ese momento, prestemos mayor atención a la información que confirma nuestra idea inicial y otorguemos menos importancia a los elementos que la contradicen.
No siempre se trata de una conducta consciente.
Muchas veces estamos tan convencidos de haber comprendido el problema que dejamos de examinar otras explicaciones con el mismo rigor.
Y entonces aparece una situación peligrosa: seguimos obteniendo información, pero una parte de nuestro razonamiento ya decidió qué conclusión espera encontrar.
La investigación continúa. El análisis, en cambio, comienza a perder independencia.
La experiencia también necesita ser examinada
Quienes hemos trabajado durante años en inteligencia sabemos que la experiencia tiene un valor difícil de reemplazar.
Permite reconocer comportamientos, identificar relaciones que no resultan evidentes y advertir cambios que, para una mirada menos entrenada, podrían pasar inadvertidos.
En determinadas circunstancias, esa experiencia permite formular una hipótesis inicial antes de contar con un panorama completo.
Y eso es valioso.
Pero también debemos reconocer que nuestra experiencia está construida sobre situaciones anteriores. Sobre aquello que vimos, estudiamos, investigamos y, especialmente, sobre las conclusiones que obtuvimos.
El problema aparece cuando trasladamos esas experiencias al presente sin considerar suficientemente las diferencias.
Dos situaciones pueden parecer similares y responder a causas completamente distintas.
Un comportamiento puede coincidir con un patrón conocido sin que necesariamente estemos frente al mismo fenómeno.
La experiencia debe ayudarnos a formular mejores preguntas, no dispensarnos de comprobar las respuestas.
Con los años, uno aprende que reconocer rápidamente una situación puede ser una ventaja. Pero también puede aprender, incluso después de equivocarse, que las primeras impresiones merecen ser sometidas a prueba.
La experiencia fortalece el criterio profesional cuando también nos permite reconocer sus propios límites.
La información que contradice nuestra hipótesis
Existe una pregunta que considero particularmente importante durante cualquier proceso de análisis:
¿Qué tendría que encontrar para reconocer que mi hipótesis puede estar equivocada?
No es una pregunta cómoda.
Resulta mucho más sencillo buscar nuevos elementos que respalden una apreciación que dedicar tiempo a examinar aquello que podría debilitarla.
Sin embargo, una hipótesis que solamente busca confirmaciones corre el riesgo de convertirse en una convicción personal.
Por eso, considerar explicaciones alternativas no debería entenderse como una señal de inseguridad profesional.
Todo lo contrario.
Es una manera de fortalecer el análisis.
Imaginemos, por ejemplo, que observamos una serie de movimientos inusuales dentro de una organización. Por sus características y antecedentes, podríamos interpretar que se está preparando una determinada acción.
Es una hipótesis posible.
Pero esos mismos movimientos podrían responder a una reorganización interna, una medida preventiva, una modificación operativa o circunstancias que todavía desconocemos.
No todas esas explicaciones tienen necesariamente el mismo respaldo ni merecen idéntica consideración.
La responsabilidad del analista consiste en evaluar cuáles resultan plausibles, qué evidencia sostiene a cada una y qué indicadores permitirían diferenciarlas.
No alcanza con que una explicación resulte convincente.
Necesitamos establecer por qué debería prevalecer sobre las demás y qué elementos podrían obligarnos a modificarla.
La presión por entregar respuestas
Hay otra dificultad que forma parte de la realidad del trabajo y merece especial atención.
El analista no desarrolla sus apreciaciones en condiciones ideales.
Existen plazos, urgencias, información incompleta y necesidades concretas de quienes deben tomar decisiones.
En ocasiones, el decisor necesita una respuesta cuando todavía no disponemos de todos los elementos que quisiéramos tener.
Y esa presión puede conducir a presentar una hipótesis con un grado de certeza mayor del que realmente merece.
Aquí debemos recuperar algo que abordamos en la RE14: la oportunidad.
No podemos esperar indefinidamente hasta alcanzar una certeza absoluta. Pero tampoco debemos permitir que la urgencia transforme nuestras estimaciones en afirmaciones categóricas.
Existe una diferencia fundamental entre sostener que un acontecimiento es posible, estimar que resulta probable y afirmar que necesariamente ocurrirá.
Esas expresiones no son intercambiables.
Tampoco debemos confundir la confianza que tenemos en los fundamentos de nuestro análisis con la probabilidad que asignamos al acontecimiento evaluado.
Podemos disponer de información de buena calidad, aplicar un razonamiento sólido y mantener una confianza elevada en nuestra evaluación, aun cuando el acontecimiento considerado no sea el desenlace más probable.
Comunicar correctamente esas diferencias es parte de nuestra responsabilidad.
El decisor necesita comprender tanto nuestra apreciación como los límites de aquello que podemos sostener.
Tener razón una vez no demuestra que siempre hayamos razonado bien
Hay un aspecto que merece especial atención.
Cuando una hipótesis se confirma, naturalmente podemos interpretar que nuestro análisis fue correcto.
Y puede haberlo sido.
Pero también debemos preguntarnos si llegamos a esa conclusión mediante un razonamiento sólido o si algunos acontecimientos terminaron coincidiendo con una apreciación que no habíamos fundamentado suficientemente.
Un resultado favorable no convierte automáticamente en correcto todo el procedimiento utilizado para alcanzarlo.
De la misma manera, una estimación que no se materializa no demuestra necesariamente que el análisis haya sido deficiente.
Podemos haber identificado correctamente un riesgo que finalmente no se concretó porque cambiaron determinadas condiciones, intervinieron otros actores o se adoptaron medidas que modificaron el escenario.
También es posible, desde luego, que nuestra apreciación inicial haya sido equivocada.
Precisamente por eso necesitamos examinarla.
Evaluar nuestro trabajo exige algo más que comparar una estimación con lo que finalmente ocurrió.
Debemos revisar los fundamentos, las fuentes utilizadas, las hipótesis consideradas, las incertidumbres identificadas y la manera en que interpretamos los indicadores disponibles en aquel momento.
El resultado importa.
Pero el razonamiento que nos llevó hasta él también.
La capacidad de cambiar una apreciación
En inteligencia, modificar una conclusión frente a nueva información no debería interpretarse como una debilidad.
Lo preocupante sería mantenerla únicamente para no reconocer que las condiciones cambiaron o que nuestra evaluación inicial fue incorrecta.
Naturalmente, tampoco se trata de cambiar de opinión ante cada dato nuevo.
La revisión exige criterio.
Hay que determinar si la nueva información es confiable, si resulta pertinente y si posee suficiente peso para modificar la apreciación existente.
Pero cuando esos elementos justifican una revisión, debemos tener la disposición profesional de realizarla.
Incluso cuando contradiga una conclusión que defendimos anteriormente.
Incluso cuando esa conclusión haya sido compartida con niveles superiores.
Y especialmente cuando sabemos que una decisión importante podría apoyarse en ella.
Porque la responsabilidad del analista no consiste en defender sus apreciaciones anteriores.
Consiste en contribuir a que el decisor disponga de la mejor evaluación posible con la información disponible.
La duda como parte del oficio
Después de tantos años de trabajo, considero que una de las cualidades más importantes de un analista es conservar la capacidad de cuestionar sus propias conclusiones.
No hablo de una duda permanente que impida avanzar o tomar posición frente a un problema.
Hablo de una actitud profesional que permita distinguir entre lo que sabemos, lo que suponemos y aquello que todavía necesitamos comprobar.
La inteligencia exige formular juicios. No podemos refugiarnos indefinidamente en la incertidumbre.
Pero esos juicios deben estar respaldados por un razonamiento que podamos explicar, examinar y, cuando corresponda, corregir.
Anticiparse es necesario.
Sostener una hipótesis también.
Lo que nunca deberíamos perder es la capacidad de reconocer que puede existir otra explicación, especialmente cuando aparecen elementos que cuestionan la nuestra.
Porque el mayor riesgo no siempre consiste en equivocarnos al interpretar un acontecimiento.
A veces comienza mucho antes, cuando dejamos de considerar seriamente la posibilidad de estar equivocados.
¿Cuántas veces buscamos comprobar que teníamos razón, cuando lo que realmente necesitábamos era descubrir si estábamos equivocados?
— Jorge Alberto Rodríguez —
